240 años de la escala de James Cook en Santa Cruz

James Cook nació el 7 de noviembre de 1728 en Marton, Reino Unido, y falleció en Kealakekua Bay, Haway, el 14 de febrero de 1779. El navegante, explorador y cartógrafo más relevante del siglo XVIII ingresó en la Royal Navy en 1755, ascendiendo a capitán 4 años más tarde.
El Almirantazgo Inglés y la Royal Society de Londres lo designaron para llevar a cabo tres grandes expediciones marítimas por el océano Pacífico, que serían de enorme trascendencia científica y cartográfica para la posterioridad, a la vez que tomaron posesión, en nombre de su Majestad, de los emplazamientos de interés para la corona.
El primer viaje zarpó de Londres el 30 de junio de 1768, a bordo del Endeavour, con destino a Plymouth, donde recogieron a los naturalistas y astrónomos Daniel Solander, Charles Green y Joseph Banks. Al pintor Alex Buchan y al médico Solander.
Después de estar en Tenerife, en septiembre tomaron rumbo a Tahiti, con la misión de observar el paso del planeta Venus por delante del disco solar, el 3 de junio de 1769. Desde aquí se dirigieron en busca del continente Austral, descubriendo la isla del Almirantazgo y la isla Sociedad. Navegó alrededor de Nueva Zelanda y se dirigió a Australia, que aún no había sido colonizada por los europeos. A su llegada a Londres, en 1771, el pueblo quedo maravillado de las colecciones de plantas exóticas que habían recolectado.
El segundo viaje (1772-1775) quedó delimitado el hemisferio Sur y los océanos de la Tierra. En esta ocasión, al H.M.S. Endeavour le acompañaban el H.M.S. Resolution y el H.M.S. Adventur, a bordo de los que viajaban astrónomos, naturalistas y dibujantes.
El tercer viaje (1776-1780) tuvo por misión encontrar una ruta comercial marítima que por el Norte del continente americano comunicara el océano Pacífico con el Atlántico. Además de encontrar este paso septentrional, descubrieron varias islas y el archipiélago de Hawai.
Cook partió del puerto de Plymouth, el 12 de julio de 1776, al mando del HMS Resolution, acompañado de la HMS Discovery, capitaneada por Charles Clerke.
Cuando navegaba hacia el Cabo de Buena Esperanza, tuvieron que hacer escala en Santa Cruz de Tenerife, del 1 al 4 de agosto de 1776, pues una tormenta que les sorprendió a la altura del Golfo de Vizcaya les dejó sin alimento para la tripulación y para el ganado. La estadía la aprovecharon para obtener vino, avituallarse de agua, comprar trigo, peras, melones, plátanos, calabazas y papas, y adquirir bueyes, corderos y cabras.
Su estancia coincidió con la del francés Jean Charles Borda, con quien tuvo ocasión de intercambiar sus observaciones sobre la longitud y latitud del muelle de Santa Cruz, así como la altura del Teide.
El médico de la expedición, William Anderson, recomienda el clima y el aire de Tenerife para la cura de los pacientes de tuberculosis. Atestigua que el capitán Cook fue invitado a pernoctar en la Casa Mackay, vivienda situada en la carretera general a La Laguna nº 120.
Sus periplos no vieron la luz hasta 1784, año en que su obra póstuma fue publicada por el Almirantazgo británico, con el título Un viaje al océano Pacífico por orden de Su Majestad para realizar descubrimientos en el hemisferio norte y determinar la posición del oeste de América, su distancia de Asia y la posibilidad de encontrar un paso a Europa por el nordeste.
El capítulo II del tercer volumen, titulado ‘Estancia de la Resolución en Tenerife’, trata de la descripción de la rada de Santa Cruz de Tenerife, provisiones que se pueden adquirir, observaciones para fijar la longitud de Tenerife, investigaciones botánicas, la ciudad de Santa Cruz y La Laguna, agricultura, aire y clima. Habitantes.
“Viendo que no teníamos suficiente pienso y grano para los animales que quería conservar con vida hasta llegar al Cabo de Buena Esperanza, resolví hacer escala en Tenerife y tomar allí, además, provisiones para la tripulación puesto que consideraba a esta isla más apropiada que Madeira para mis propósitos. 

Divisamos Tenerife a las cuatro de la tarde del día 31 de julio y, como a las nueve de la noche estábamos bastante próximos, nos adentramos más en la mar, con objeto de bordearla durante la noche. Al amanecer del día 1 de agosto, doblamos la punta oriental de la Isla y, a las ocho horas, fondeamos en el lado sudeste de la rada de Santa Cruz, a veintitrés brazas (33,4 m.) sobre un fondo de arena cenagoso.
Punta de Anaga, la punta Este de la rada, nos quedaba al Norte, 64 º Oeste. Al Oeste-Sur-Oeste, teníamos la iglesia de San Francisco, que hacía destacable la altura de su campanario. Al Sur 65º Oeste, el Pico. Y, al Sur 39º Oeste, la punta sudoeste de la rada, en la que está situado el fuerte o castillo.

En esta rada encontramos La Boussole, fragata francesa comandada por el Caballero Borda, dos bergantines de la misma nación, un tercer bergantín que venía de Londres y que iba al Senegal, y catorce navíos españoles.
En cuanto atracamos, el jefe del puerto vino a hacernos la visita; uno de mis oficiales le acompaño a tierra para saludar de mi parte al Gobernador y solicitarle permiso para embarcar agua y comprar las cosas que nos eran necesarias. El gobernador me concedió, con la mayor amabilidad, todo lo que le había pedido y uno de sus oficiales vino a cumplimentarme. Después de la cena lo fui a ver con algunos de mis oficiales; antes de regresar a bordo adquirí granos y paja para los animales y me puse de acuerdo con Mr. M’Carrich para la compra de algunos toneles de vino. En vista de que nosotros mismos no podíamos rellenar nuestros envases, el patrón de un navío español prometió suministrarnos el agua.
La rada de Santa Cruz está situada delante de la ciudad del mismo nombre, en la banda sureste de la isla. Está bien abrigada, es amplia, y su fondo es de buen firme. Se encuentra completamente abierta a los vientos del sureste y del sur, pero estos vientos nunca son de larga duración.  Todos los navíos que vimos tenían cuatro anclas afuera, dos al noreste y dos al suroeste; y sus cables estaban tensados sobre toneles.
En la parte Suroeste de la rada existe un malecón que se prolonga en el mar desde la ciudad y que es muy cómodo para la carga y descarga de los navíos; allí se lleva el agua que se embarca. El agua de la ciudad viene de un arroyo que desciende de las colinas; la mayor parte llega en tubos o canalejas de madera, sostenidos por delgados puntales. Sin embargo, la anchura del canal muestra que, a veces, sirve de cauce a grandes torrentes. Estos canales se estaban reparando durante nuestra escala y el agua dulce, que es muy buena, era escasa.
La ciudad de Santa Cruz, que tiene poca extensión, está bastante bien construida; las iglesias no tienen nada magnifico en el exterior, pero el interior es decoroso y un poco adornado.
Nos vendieron una cantidad considerable de provisiones, y está claro que no consumen todos los productos de su suelo. Cometí la tontería de compra bueyes jóvenes y los pagué a mayor precio; sin embargo, los cochinos, corderos, cabras y aves de corral no fueron tan caros. También encontramos frutas en abundancia y comimos uvas, higos, peras, moras y melones. Las calabazas, cebollas, maíz  y batatas son de una calidad excelente y jamás las he encontrado que se conserven mejor en el mar. Los habitantes cogen poco pescado en su litoral pero sus barcos hacen una pesca considerable en la costa de Berbería y venden el producto a buen precio. En una palabra, me ha parecido que los navíos que emprenden largos viajes deberían hacer escala en Tenerife antes que en Madeira.
El Caballero de Borda, capitán de la fragata francesa que estaba fondeada en la rada de Santa Cruz, realizaba, de común acuerdo con  M. Varela, astrónomo español, observaciones para determinar el movimiento diario de dos relojes que tenían a bordo. Llevaban a cabo este trabajo en una tienda situada en el muelle; todos los días, a mediodía, comparaban su reloj, con la ayuda de algunas señales, con el reloj astronómico que se encontraba en la costa.
M. de Borda tuvo la amabilidad de comunicarme sus señales y pudimos examinar también el movimiento diario de nuestro reloj marino; pero nuestra escala en Tenerife fue demasiado corta para sacar gran provecho del favor amistoso que quiso hacerme.
Las comparaciones que nosotros repetimos tres días me confirmaron que el movimiento de mi reloj marino no había tenido ninguna diferencia. Determinamos la longitud por las observaciones de la altura del sol en el horizonte y el reloj marino me dio el mismo resultado. Tomé el término medio de las observaciones hechas el primero, segundo y tercer día de agosto, y encontré la longitud 16º 31´ Oeste. Por la misma operación averigüe que la latitud es de 18º 35′ 30”.
José Manuel Ledesma Alonso, Cronista Oficial de Santa Cruz de Tenerife



Fuente: Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife

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